La obra literaria de Carlos Ruiz Zafón no me entusiasta, pero hace unos días leí un artículo, para mi, soberbio de este escritor. Puede ser que también sienta en algunos fragmentos una gran simbiosis: “La tristeza habría que embotellarla como si fuera un perfume exquisito”, dice. Me ha golpeado esa manera tan desencantada de plasmar la existencia…Me ha gustado tanto que quiero compartirlo, se que es largo, no suelo postear casi nunca nada extenso, pero creo que esta vez vale la pena.

Muchas gracias.

Carlos Ruiz Zafón- Zombies

El futuro era ayer. Han pasado los años y cada vez se parece uno menos a quien esperaba llegar a ser.

La ambición decreta servicios mínimos y hasta el olvido pierde la amargura y acaba siendo como la verdura de supermercado, que salta a la vista pero no tiene sabor. Las buenas intenciones se han ido cayendo, como el pelo, y apenas queda ya tiempo para pensar que queda tiempo, que queda camino, que uno iba a algún sitio que a lo mejor no existía, pero importaba. La vida le pone a uno en su sitio, y en más de un caso, y de dos, se descubre que la vida no tiene ni sitio para uno, que está tan de más como de menos y que el reflejo en el espejo es como esas motas que flotan en el ojo y resulta imposible atrapar con la vista. Mira uno alrededor y ve que hay quien aún vive de ilusión blanca, pero unos cuantos ya han optado por el mayor octanaje del rencor. A veces se muere uno con la camisa puesta, andando por la calle o esperando el metro, sin darse cuenta. Lo primero que se pudre es el alma, que casi siempre huele a rabia, a envidia y a sarcasmo. Empieza entonces a vagar por las aceras de la vida, siempre ajeno al tráfico, mirando con odio los coches que corren y esos semáforos siempre rojos, siempre en contra. Las puertas no se abren cuando uno quiere y las que se abren hay que tapiarlas para que nadie pueda cruzarlas. Una jauría de ciegos quiere quemar la luz, porque aunque no la ven, les han dicho que existe y no consiguen apagarla con sus burlas envenenadas. Los diarios traen las sobras de las noticias de ayer. Un enano junta letras para asegurar a los demás que las alturas son para los indeseables mientras él encoge día a día, porque el destino no tiene vergüenza pero derrocha sentido de humor. El certificado de defunción dirá que le amargaban los dulces. Y a estas, el mundo sigue girando como un gran autobús que enfila una curva cerrada a toda velocidad y nos sorprende a todos sin tener donde agarrarnos. ¿Adónde vamos a ir a parar?, se preguntan algunos. Le da uno vueltas al asunto y empieza a sospechar que nosotros a ningún lado, pero que el decorado se queda aquí a la espera de otros primos convencidos de que son los primeros y los últimos. Al trovador le piden flores y violas, le piden que repita los mismos versos que ya nos habíamos aprendido, pero él ha perdido la memoria, y cuando quiere cantar la melodía le sabe a hiel y la audiencia le abuchea o le vuelve la espalda con indiferencia.

Otros vendrán que nos digan que no es cierto, que seguimos vivos, que las calles conducen a algún sitio donde nos esperan. Uno se pregunta si es posible apearse en el próximo pie de página y desaparecer antes de que sea demasiado tarde. Con suerte, el amigo lector ya se ha apeado de página, rumbo a prados más verdes y soleados y sabrá hacer oídos sordos y sabios. La tristeza debería embotellarse como un perfume exquisito y preservarse para cuando nos olvidamos de lo que es estar vivo. Cuando quiere uno mirar atrás, ya ha perdido la vista. El futuro era ayer, y cuando esta mañana me senté a esperar el tren, lo oí pasar. De lejos. Rumbo a ninguna parte.