No, no me gusta, no me gustan en general las fiestas impuestas, las que por decreto ley hay que ser feliz, hacer promesas que no se cumplirán grandes dosis de hipocresía, sentarse en la misma mesa una vez al año para hacer el papel con gente por compromiso, hacer regalos porque toca.

La Navidad debería ser la fiesta para los cristianos de corazón, para los creyentes de verdad, lo demás es parafernalia y consumismo.

Hace días martillean en los telediarios lo que está subiendo la cesta de la compra, salen señoras haciendo aspavientos por lo caras que están las gambas, el besugo o el bogavante por decir algo ¡caramba! Pues no seguir el juego, tenemos a nuestro alcance enorme cantidad de productos mucho más asequibles ¡pues ya está! ¿no son fiestas de paz y amor? ¿Qué importará si en el plato hay caviar o pollo en salsa, si lo que se quiere es estar en armonía y amor?...¡ah no! Que los cuñados, los suegros o los primos vean que no nos falta de nada, aunque luego no se recupere nuestra economía hasta mediados de febrero, pero ¡hay que deslumbrar al “contrario”!

Tanta monserga y medio mundo se muere de hambre, y no es demagogia, con solo pensar eso se nos tendría que caer la cara de vergüenza por quejarnos de lo caro que está todo en Navidad.

Si primara lo que se supone debe ser, nos arreglaríamos como siempre, si lo que realmente importara fuera la compañía, no viviríamos de cara a la galería.

Y como iría en contra de mis principios, no dejo ningún villancico. Os dejo una ranchera con letra y música de José Alfredo Jiménez, dicen de él que es el mejor compositor de todos los tiempos de ellas, se titula “Amarga Navidad”. La interpretan Raphael y Enrique Búnbury (una de mis debilidades)

¡Qué les vaya bonito!