El origen de la palabra “ghetto” procede de los siglos XIV y XV, en el barrio de Cannaregio se instalaron diversas fundiciones, y las escorias de arrojaban a los alrededores, donde acabó surgiendo una nueva fundición. “Fundir” se llamaba “gettare” por lo que dio nombre a la antigua fundición “ghetto vecchio” y a la segunda “ghetto nouvo” (nueva fundición). Tras la llegada de los judíos, tanto el sentido como la pronunciación cambiaron. El “ghetto” fue desde entonces el lugar asignado a éstos.

La creación del primer ghetto: La guerra contra Venecia por las tropas de la Liga de Cambrai y la terrible derrota veneciana de Agnadillo en 1509 cambió la situación. Los judíos de Terraferma se refugiaron en Venecia a la que alumnos aportaron, pese a las graves pérdidas por la guerra un capital que la Serenísima necesitaba. El Estado veneciano, dio prueba, como de costumbre, de pragmatismo político: toleró a los judíos a la par que organizaba su segregación. 1516 el Senado adoptó por una gran mayoría que los judíos presentes en Venecia debería instalarse en el Ghetto Nuevo, una especie de islote urbano unido al resto de la ciudad solo por dos accesos que se cerrarían por la noche. Así pues la decisión autorizaba a los judíos a permanecer e instalarse en la ciudad como prestamistas o ropavejeros, pero manteniéndolos a distancia. Esto iba contra la opinión popular que se oponía s su presencia (corriente fomentada por los sermones de los franciscanos que proclamaban que el castigo divino se abatiría sobre la ciudad si ésta servía de morada a los judíos) pero que la tenía en cuenta.

El lugar escogido permitía proteger a los nuevos residentes contra saqueos y violencias pero también imponerles un toque de queda muy eficaz y separarlos del resto de la población, casi una fortaleza, casi un campo de concentración; era el símbolo de la actitud ambigua de la Serenísima, dispuesta a aceptar a los judíos y utilizarlos, pero deseosa de mostrar su inferioridad respecto a los cristianos.

La ambigua posición de la República se manifestó claramente cuando unos cuantos patricios propuso en 1524, crear un monte de piedad. Prestando fondos a bajo interés, un organismo semejante haría inútil la presencia de los judíos. Así pues, el Consejo de los Diez ordenó aquellos nobles que abandonaran su proyecto bajo pena de muerte, mejor aún, un decreto precisaba que en el futuro no se podría retomar ese asunto si no lo decía el Consejo por unanimidad. Esa postura permitía entrever el propósito de dejar a los judíos (a los que se podía controlar con facilidad e imponer impuestos más severos) la tarea de proveer fondos. De hecho las “condotte” eran renovadas con regularidad. En 1571, durantes la Cruzada contra los turcos, en que Venecia representó un papel de primer orden, se tomó claramente la decisión de expulsar a los judíos, pero la medida no fue aplicada y en 1573 una nueva “condotta” los autorizaba a permanecer en Venecia y prestar con fianza con un interés del 5%. A partir de entonces ya no hubo en la práctica intención alguna de expulsarlos.