Hay personas que necesitan darse notoriedad de la forma que sea, aquello que decía Andy Warhol de los cinco minutos de gloria. Están en todos los sitios y bajo todas las formas. Los hay que buscando esa notoriedad han sido capaces hasta de asesinar, como el caso de John Lennon (me niego a escribir el nombre de su asesino)

Pero esta “enfermedad” ya existía en la noche de los tiempos:

Eróstrato era un pastor griego que ya la padecía, como no había nada en él que le hiciera destacar y ansiaba ser conocido al precio que fuera, tuvo la ocurrencia de incendiar el templo de Diana (o Artemisa), en Efeso, una de las siete antiguas Maravillas del Mundo. Eso ocurría el 21 de julio del 356 A.C., se dio la circunstancia que el mismo día nació Alejandro Magno. El descerebrado, pensó, que así inmortalizaría su nombre.

Tiempo más tarde se volvió a reconstruir el templo
Al descubrirse la intención del incendiario, se prohibió bajo pena de muerte el registro del nombre del incendiario para las generaciones futuras, lo cual, evidentemente, no bastó para borrar de la historia ni el nombre ni tampoco la acción.
Fue condenado por Artajerjes a morir en la hoguera.