Una vez , hace ya años, me morí. La cosa, por suerte, no fue grave, ya que al cabo de un rato regresaba al mundo de los vivos como si no hubiera pasado nada. El escenario fue un avión que sobrevolaba Brasil. De repente, parece ser, por culpa de un rayo, el aparato inició un descenso en picado que duró unos 10 segundos (es difícil medir el tiempo en semejantes circunstancias) y tuve la certeza de que nos estrellaríamos. Lo que recuerdo es un silencio de misa. Ni un solo grito, ningún ataque de histeria, contrariamente a lo que vemos habitualmente en las películas: solo un silencio denso y un cruce de miradas que comunicaban el miedo compartido ante la inminencia de la muerte.

Que el asunto no iba en broma podía leerse en los rostros de las azafatas, que perdieron su sonrisa de plástico y se agarraron para no caerse. Ya digo que solo duró unos segundos pero recuerdo muy bien lo que se siente mientras te mueres: se abre en tu mente un largo túnel y se inicia una sucesión vertiginosa de imágenes en las que te ves a ti y a las personas que quieres en las distintas etapas de tu vida. No tienes tiempo de pensar nada, ni el comprender nada, se trata únicamente de asistir a un resumen acelerado de tu vida. En mi caso, la última imagen que coincidió con el final del túnel, fue la del rostro sonriente de mi hijo que todavía no había nacido.

Durante muchos años he mantenido este recuerdo guardado en un rincón de la memoria. En estos días de difuntos, me volvió por sorpresa y me dejó una desconcertante sensación de angustia y paz al mismo tiempo. Supongo que igual que la muerte de verdad.

Autor: Xavier Moret