Pertenezco a una generación en la que nos hacían participar en cualquier hecho que ocurriera en la familia. Ahora es impensable que un niño de siete u ocho años asista a un funeral y luego acompañe con la familia al difunto hasta el cementerio.

Me veo con ocho años asistiendo al entierro de una tía de mi madre; lazos de raso negro en las coletas y calcetines negros, el primer cortejo de muerte que recuerdo, un miedo exacerbado dentro de mí.

También tenía que acompañar a mis padres el día 1 o 2 de noviembre a los dos cementerios donde estaban enterrados, abuelos, tíos…

Mientras mi madre limpiaba y cambiaba las flores yo la miraba y sentía un terror enorme, mi mente se desbocaba, pensaba que se podía hundir la lápida en cualquier momento y que detrás de ella aparecería algo horroroso, mirara donde mirara solo veía nichos con flores, figuritas de “sagrados corazones” tapetitos hechos a mano, velitas, era un tormento para mi. Cuando terminábamos la “visita” (que a veces se alargaba pues se encontraban con conocidos y empezaban a charlar) yo solo deseaba irme, escaparme…

Luego llegaba la noche que se llenaba de pesadillas y así durante tres o cuatro noches mirando debajo de la cama, detrás de las cortinas…

Pero al crecer, al tener que enfrentarme con la vida, con los miedos y a veces terrores que vivir conlleva, todos los miedos infantiles de esos días desaparecieron.

Cuando pude decidir por mi misma ya no fui nunca más en estos días señalados, respeto pero no comparto, la gente siguiendo la tradición van en masa esos dos días…y hasta el año que viene, ya lo decía Gustavo Adolfo Bécquer: “Que solos se quedan los muertos”