No nos atenemos jamás al tiempo presente. Llamamos de nuevo al pasado. Anticipamos el porvenir como lo que vendrá muy lentamente, como para acelerar su curso, o nos acordamos del pasado para detenerlo demasiado pronto; tan imprudentes, que erramos por lo tiempos que no son nuestros, y no pensamos en lo único que no pertenece, y tan vanos que soñamos con quienes no son nada, y sin reflexionar se nos escapa el único que subsiste. Es que el presente, ordinariamente nos hiere. Lo escondemos de nuestra vista porque nos aflije, y si nos resulta agradable deploramos verlo escapar. Tratamos de retenerlo para el porvenir y pensamos en disponer las cosas que no están en nuestro poder para un tiempo al que no tenemos ninguna seguridad de llegar.

Que cada cual examine sus pensamientos. Los encontrará todos ocupados con el pasado o con el futuro. Apenas pensamos en el presente, y, si pensamos en él, es sólo para atrapar la luz con que disponer del porvenir. El presente jamás es nuestro fin. De este modo no vivimos jamás, pero esperamos vivir, y nos disponemos siempre a ser felices, aunque es inevitable que no lo seamos nunca.

Blaise Pascal (Pensamientos 47)