Un artista de origen venezolano regenta en Barcelona (España) un taller de indumentaria y objetos alegóricos a la parca.

Momias, música tenebrosa y dos gatos negros detrás de la vitrina. En la esquina de la calle de Torrijos y la Travessera de Gràcia nadie pasa sin mirar un local que asusta a quien le presta atención. Un cartel magnifica el temor: "Keep out (aléjese): peligro de muerte".
La mayoría de los transeúntes creen que se trata de alguna secta satánica o de un grupo de prácticas oscuras. Pero la curiosidad los supera y se detienen frente al local. Sin saberlo, detrás suele estar alguien que escucha todos sus comentarios. Incluso a veces los graba. Otilio Salazar, un artesano que se ha dedicado a elaborar decoración alegórica a la muerte, no pierde detalle de lo que la gente piensa. Para los más atrevidos tiene una cadena que golpea un gong con un sonido de ultratumba. Pero casi nadie la acciona.
"A la gente le aterra todo este mundo. Solo una de cada 100 personas, que se percata de la máquina de coser, acierta y dice que esto es un taller", explica Otilio, de origen venezolano que también ha trabajado como diseñador en Dinamarca.
Pero el artista cree que la muerte debe ser tomada como algo natural y tan magnífico como un nacimiento. "La gente está acostumbrada a vivir de espaldas a la muerte y no ve que forma parte de la vida", explica el peculiar artista.
En su vida normal, Otilio suele ir vestido como cualquier otra persona. Solo lo delatan sus grandes tatuajes negros de las muñecas a los codos. Trabaja en una empresa de limpieza, tiene una hija de cuatro años y espera que algún día pueda vivir de las producciones de su taller. Allí tiene ropas de cuero, carteras con asas de huesos, capas religiosas y figuras egipcias. También prepara muebles en forma de ataúd, donde a veces duerme. "No hay nada mejor que dormir ahí. No te puedes mover y, cuando cierras la tapa, nadie te despierta", dice.
El artista no oculta que su atracción por la muerte le viene de un hecho trágico: el fallecimiento de su padre cuando era un niño de 11 años. Recuerda que lo llevaron engañado a la funeraria y allí le dieron la mala noticia. No pudo soportarla y le pidió al cadáver de su padre, en medio de llantos, que se levantara. La herida no se borró.
Desde entonces, Otilio se ha ido protegiendo para afrontar los momentos dolorosos que --tiene la certeza-- llegarán. Por eso su taller es un lugar de preparación para lidiar con una llamada desde su país que avisará de la muerte de su madre. Lijar cruces y preparar ataúdes también puede ser un pésame, un lamento por adelantado.
Con su cercanía a la estética funesta, Otilio se siente preparado para afrontar cualquier muerte, incluso la suya. "No me gustaría morirme ahora, porque tengo muchos proyectos, pero lo aceptaría. No le temo", dice.
El artesano describe a sus clientes como cultos, de buena posición y algo excéntricos. Suelen encargar trajes de 800 euros para lucir como pieza única en sus peculiares fiestas. "Hay gente que me pide trajes para encuentros u orgías. Hay otros que tienen ritos extraños, que no comparto, pero a quienes vendo cosas. Aunque también puedo reparar una maleta o hacer un vestido de novia", añade.

Denuncia al ayuntamiento
La incomprensión hacia este artista ha hecho que una vecina de Gràcia lo denunciara al ayuntamiento por las figuras que tiene en su exterior. "Tuve que explicar que solo era un artista y que exhibir figuras de Cristo y calaveras no comporta delito", explica.
Pero junto al gusto por los difuntos, las velas y lo tenebroso, el artista no puede esconder una poderosa razón detrás de su excentricidad: el ego. "Me gusta que me miren, llamar la atención y que la gente se fije en mi trabajo", agrega. El artesano abrirá su tienda el próximo 2 de noviembre. Se llamará El Atelier de la Muerte Negra y coincidirá con el día de los fieles difuntos. En las invitaciones, que repartirá en CD, incluirá las voces de susto de los traseúntes que han huído espantados de su portal.

Fuente: David Placer-El Periódico