Me oculto en la guarida inútil del recuerdo,
me atrinchero feroz en un poema
mientras el tiempo bosteza
y esa sensación que coagula el blanco
enmudece la ausencia.

El mundo dio tantas vueltas
que se pasó de rosca
y ni siquiera mis sueños
fueron capaz de inventarte.
La memoria se volvió telaraña
y el amor una estación fría y vacía
a la que ya nunca regresarán los trenes.

Me veo inevitable ante el espejo,
sombra de mí mismo, atrapado
en el útero solitario del humo
y el alfabeto no sirve
para romper el candado,
para desandar las horas,
para descorrer el velo blindado del infinito,
y siento cómo el verdugo
me arroja a la fosa
atado de pies y sueños.

Cae la noche
y el murciélago de la pena
hace trizas la lágrima,
el gusano toma posesión del esqueleto
y afirma allí su bandera,
implanta la república del vértigo,
impone la absurda tiranía de la sombra,
y los párpados se resquebrajan de tanto mirar
atrás
y todo, todo se desbarranca

y hasta el abismo corre hacia adentro
y un verso suicida me corta las venas
un poco antes de llegar al alba.

Fernando Luis Pérez Poza